Día de la mediación: otros participantes de nuestro concurso en la categoría de adultos.

mediador día de la mediación

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La verdad es que, nos gustaron tanto las propuestas de todos los participantes en nuestro concurso del día de la mediación, que nos fue muy difícil elegir a los ganadores.

Además, nos quedamos con muchas ganas de enseñaros las grandes obras de nuestros seguidores y, por eso, hemos decidido compartir con vosotros algunas de esas propuestas. Con ello, queremos recordaros que el día de la mediación puede (y debe) ser todos los días.

Hoy vamos a enseñaros algunos trabajos de la categoría de adultos.

En primer lugar, este original dibujo de Carmen Carrascosa, que demuestra claramente todo lo que aprendió sobre mediación cuando asistió a uno de nuestros talleres (podeis leer un post sobre el taller aquí). 

En segundo lugar, compartimos con vosotros este precioso texto de Nuria López Rasero sobre las emociones en la infancia.

MÉZCLATE CONMIGO

Con poco más de dos añitos, tengo una vida social casi más movida que la de mis papis. Por un lado,
están mis amigas de la guarde Eva, Victoria, Lucía y Hugo, el niño más pequeño de mi clase que pasa
muchos ratitos en el rincón de pensar. Y por el otro, tengo un grupo de emociones al que, poco a poco van
llegando nuevas y nos vamos conociendo.
De momento os puedo hablar de Ilusión, esa gran amiga que conocí en la noche de Reyes y a la que le
encanta pintarme los ojos con un brillito chispeante, Risa, la misma que aparece cuando menos me lo
espero y se marcha dejándome agujetas de recuerdo en la tripa y los mofletes ¡siendo, incluso capaz de
hacerme llorar!
Alegría o la que creo compinchada con mis abuelos porque ¡ambos llegan a la vez! Los días en los que
ella reina, el Sol parece brillar con más fuerza, los pájaros volar más alto y ¡hasta el cielo cambia de color
al ritmo de una canción que sólo escucho yo! Y mis amigos los Nervios, ¡qué timidillos son! nunca se
atreven a venir solos y buscan la manita de Alegría, Euforia o Expectación.
Pero en el grupo también están, muy a mi pesar, “las otras”, las feas como Celos, Cansancio in extremis,
Miedo o Inseguridad, a las que todavía no tengo caladas y suelen provocarme llantos repentinos sin
consuelo, enfados garrafales o que se me quiten las ganas de jugar.
Y yo me pregunto ¿puede que no nos entendamos porque hablemos idiomas diferentes? Puede ser, el
caso es que, como no terminamos de encajar, mamá está mediando entre nosotras y, para ayudar a
conocernos mejor, nos presenta, me dice cómo se llaman, de dónde vienen y porqué tengo que aceptarlas
en mi vida. Así, aunque sé que nunca llegaremos a ser amigas, al menos sí podremos mantener
cordialidad, respetando nuestro tiempo y nuestro espacio. Y es que desde que mamá se mezcla con mis
emociones y conmigo, la convivencia en el grupo va mejor, Seguridad no sale corriendo tan a menudo
como antes solía hacer y ¡hasta las Rabietas han quedado reducidas a Sollozos!
No obstante, Inseguridad (la hermanastra mala de Seguridad) y Miedo son dos que me echan a temblar
cuando les veo aparecer. ¡Son tan grandes que no me atrevo ni a mirarlos! Si llegan de noche, son capaces
de dilatar mi vigilia aunque mis ojos digan lo contrario y no puedan con sus párpados.
O Frustración, ¡qué cosa más tonta! Sencillamente, no nos aguantamos, es recíproco. Hace ya tiempo que
nos conocemos y todavía recuerdo como si fuera ayer el día que se la presenté a mamá quien, lejos de
reconocerla, me miraba atónita sin saber qué decir, ni qué hacer. Tras ricas conversaciones entre una y
otra, mamá comprendió que Frustración aparecía cuando yo me sentía incapaz de hacer ciertas cosas, no
conseguía las que quería o incluso, tenía que esperar en determinados momentos (ya sabéis que los niños
no medimos el tiempo igual que los adultos porque nuestra orientación y percepción temporo espacial
está en plena formación y, lo que para vosotros es un minutito, ¡para nosotros es eterno!).
Celos, traviesos como Zipi y Zape. Inolvidables sus apariciones en escena que revolucionan la armonía
familiar y cuyo origen podemos datar de una tarde cualquiera de otoño en la que yo, con apenas diecisiete
mesecitos, veía crecer, sin frenos y a lo loco, la barriguita de mamá. De repente, jugando juntas en el
salón de casa, decidí que era momento de comenzar a “marcar el territorio” ante la sospechosa e
inminente llegada del nuevo ser, que sin duda amenazaba con quitarme mi lugar privilegiado en el
corazón de mamá.
Para ello y junto con los Celos, diseñé una estrategia que consistía básicamente en tirarme al suelo sin
previo aviso y comenzar a patalear al son de mis gritos, algo que mamá y papá bautizaron con el nombre
de “Rabieta”, hasta entonces personaje totalmente desconocido en casa y que, a pesar de la frecuencia en
sus visitas, seguía y sigue siendo no bien recibido en casa.
Cuando aparecía Rabieta por la puerta, rápidamente Mamá y papá echaban mano de su “Manual de
padres casi perfectos”, ojeando adelante y atrás, las páginas mentales de este, afanados por encontrar
aquel capítulo –inexistente, por cierto- que habla sobre “¿Cómo echar sutilmente y con delicadeza a
Rabieta de casa?”. Sin embargo, tras el fracaso que supuso aquella búsqueda del tesoro, optaron por
llevar a cabo el Plan B: Formación y paciencia en cantidades industriales.
Largo se hizo el tiempo en el que mis emociones sufrían explosiones continuas sin ton ni son, siendo para
mí imposible atender a tantos frentes, lo que añadido a mi recién estrenada capacidad de expresión y
lenguaje, me llevaba de la risa al llanto y del amor al odio repentino hacia mamá, en milésimas de
segundo.
Debo decir a mi favor que los Celos me susurraban al oído que el cariño de mis papás estaba en peligro de
extinción, ante lo que mamá seguía brindándome a destajo besos, abrazos y palabras cariñosas, sin dar
por perdida la batalla.
Ese amor suyo, el incondicional, fue el mismo que nueve meses después me traería el mejor de los
regalos, mi hermanita CH, y el que consiguió abrirme los ojos para comprender que, donde caben tres,
caben cuatro y que ¡hay mamá para todos! Esto que ella sabía perfectamente y yo no veía tan claro, fue
ganando terreno a base de paciencias finitas e infinitas, explicaciones que parecían inútiles e insuficientes,
pero que sí dejando sus posos y dando sus frutos.
Tras muchas jornadas de llantos, empatía, aprendizaje y desesperaciones, hoy por hoy, Zipi y Zape me
visitan con poca frecuencia y yo, según con qué pie me haya levantado, les recibo así o así dejándoles
entrar (o no), porque, como soléis decir los mayores… Si no se cela, no se ama…

Espero que os gusten tanto como a nosotros. Y que os animéis a participar en el concurso del día de la mediación del año que viene.

Una vez más, muchísimas gracias a todos los participantes en nuestro concurso del día de la mediación.

Loreto Reyna (marzo 2016) ¿Hacemos las paces?